viernes, 30 de marzo de 2012

Siempre adentro.

¡Qué ganas tengo de verte! ¡Cómo anhelo ese abrazo generoso!. ¡Cómo echo de menos ese susurro en el silencio! 
Ya queda menos para verte de nuevo. Quedan cinco días para nuestro esperado re-encuentro. Aunque tengo que confesarte, que a pesar de la lejanía, no me he sentido solo ni un solo momento. Siempre me agarraba tu mano amiga. Siempre te agachabas para levantarme, y al mirarte me encontraba con tu frente herida. Escondía la mirada porque sentía vergüenza al descubrir tu angustia, tu agonía; esa misma que yo, mal hombre, nunca merecía. Tu costado abierto derramaba el amor de un amigo, la confianza de un hermano y el cariño que tiene un padre hacia su hijo.
Mirarte cara a cara. Verte dolorido, enclavado, mal herido. Oír tu voz en el susurro del viento, que sin descanso me decía: sigue adelante, lucha, jamás te rindas.
Ahora me esperas, a las puertas de tu ermita. Con los brazos abiertos deseando de abrazarme hasta el último momento. Da igual que llueva, que no salgas más allá de la cancela. Porque tú pasas siempre hacia adentro de mi corazón, nunca hacia afuera.
Ese es el secreto. Eso es lo que siempre anhelo: darte un abrazo, decirte cuánto te quiero. Porque mis hombros no pueden llevarte. ¡Ya me gustaría ser tu costalero! Pero te llevo adentro, firme, siempre hasta el cielo. Y colgado en el pecho te abrazo en esos tristes momentos. Y siento tu voz potente: Rafa, yo también te quiero.


2 comentarios:

  1. Qué bonito, Rafa! Te felicito por haber reflejado de una manera sencilla, cercana y muy emotiva en qué consiste la filiación divina. Un saludo muy afectuoso. ¡Feliz Pascua!

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