jueves, 16 de junio de 2011

Nuevamente la inspiración

Os dejo algo que escribí hace un par de noches; el prólogo de nuevos proyectos...

Fueron alrededor de un centenar y medio de cartas, escritas en las duras noches que pasé en Madrid; misivas escritas más con sufrimiento y lágrimas que con tinta y papel; escritas desde y en el fondo de mi corazón.
Nunca llegaron a su destinatario. Nunca entraron en un sobre; jamás supieron qué es un sello… Pero ahí están: en una cesta de mimbre de mi habitación esperando un futuro incierto, un lugar en el que yacer.
Son más que folios; más que palabras. Son sentimientos, fruto del dolor, de la desesperación, de la tristeza. Encierran secretos, confesiones que dan (más que vergüenza) miedo desvelar. Pero ya ha llegado el momento. Es imposible esperar más. Los gritos de agonía ya no pueden ocultarse…

“Una vez hubo una chica a la que amé; con todo el corazón; con toda mi alma. Su voz tranquilizaba el león que rugía incesantemente dentro de mí. Su mirada penetraba hasta lo más profundo de mi ser, haciéndome débil e indefenso. Sus labios provocaban que mi corazón latiera a todo correr y su presencia, simplemente su presencia, me hacía feliz.
Un día marchó; tomó sus cosas y me abandonó para siempre. Nunca guardé rencor, ni sed de venganza, ni odio… Lo único que sentía era amor. Un amor tan grande que llegó a hacerse indescriptible. No había palabra que pudiera definirlo.
Y aún lo siento. A pesar del tiempo y la distancia; a pesar de las lágrimas; a pesar del llanto. La quiero, porque ella llena cada segundo de mi vida. Porque es la que me sostiene, la que me da ganas de vivir, la que me hacía sonreír.
Por eso escribí estas cartas. Por eso llenaba los folios de palabras sinceras; no cabe confusión. En ellas no hay cabida para resentimiento; únicamente cupo amor. Encierran los secretos de un enamorado: sus sueños, sus metas, lo que sentía, lo que quería gritar a cielo abierto, pero que no podía…”

Tiempo después vuelven a cobrar vida esas páginas. Se abren de nuevo las heridas (que nunca llegaron a cicatrizar completamente) y renacen de sus cenizas los momentos más felices de mi vida: los que compartí con ella.
Algún día, en un futuro no muy lejano, conseguiré darles un destinatario; llevarlas al buzón en que debieron estar hace mucho… Pero ahora las dejo sobre mi mesa, para que seas tú quien se adentre en ellas. Tienes mi permiso.

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