domingo, 27 de febrero de 2011

Oí tu voz; no estabas...

Anoche escuché tu voz. O eso me pareció. Estaba en la cama; no podía dormir, te echaba de menos. ¡Hace tanto que no se nada de tí! Un día estabamos riendo, y al siguiente te marchabas dándome un abrazo de despedida. Recuerdo aquella noche de octubre como si fuera ayer. Entré a cenar y apenas tenía hambre. Intentaban animarme, y no lo consiguieron. Ya no sabía reír. No sonreía. Sólo lloraba más por dentro que por fuera.  Descubrí entonces que tú me dabas la vida. Que tus ojos alimentaban lentamente mi alma; que me dabas ganas de vivir; y que no pude caer más bajo cuando te perdí. Ahora puede que sea tarde; como siempre...


¿Sabes? Quiero pasear contigo, susurrarte al oído los más profundos secretos de mi corazón; hacer que tus ojos brillen de ilusión e inocencia. Despertarme contigo cada mañana, abrazarte, y decirte te quiero; porque eres el regalo más hermoso que me pudieron un día dar. Quiero ver un atardecer en el Templo de Debop contigo; y que la Vega del Manzanares y Madrid entero sean testigos de cuanto te quiero; y de esas palabras: cásate conmigo. Sé mi compañera en este viaje de lágrimas que es la vida porque quiero vivir cada segundo de ella a tu lado; y el día que me muera dar gracias a Dios porque se han cumplido todos mis sueños... porque todos ellos se centran en uno sólo: en tí. Quiero expirar para siempre, sonriendo, diciéndote que te amo, que eres mi vida, y que la muerte es incapaz de separarnos; quiero morir feliz, porque la mayor felicidad es estar contigo... para siempre.
De repente, me desperté creyendo oir tu voz; pero no estabas. Las frías sabanas dibujaban sobras espectrales... y tapándome de nuevo... me dormí, esperando un nuevo susurro de tus labios.

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