viernes, 29 de enero de 2010

El Atardecer

Hace muchos años que ocurrió esta historia, pero aún sigue resonando su eco entre las gentes del lugar. Allá por las costas del mediterráneo, en una cuidad cuyo nombre ya se ha olvidado, nació un niño que desde pequeño daba señales de lo que en un futuro sería.

Fue pasando el tiempo, y ese niño, llamado Fernando, fue creciendo y desarrollándose, no sólo físicamente sino también intelectualmente. Le encantaba leer, sobre todo novelas históricas, más realistas que de ficción; pero su mayor afición era la música. Sus manos tocaban el piano con una agilidad realmente sorprendente para la edad que tenía. Con tan sólo 20 años, conocía obras de grandes músicos como Beethoven, Chopin o Albinoni. De personalidad era sencillo, extrovertido, alegre, vivaz; ojos profundos, de un marrón intenso, que resplandecían siempre y siempre reflejaban su interior. Su mirada era intensa, capaz de entrar en lo más interno de las personas en solo segundos y conocer todos sus secretos…

Un día fue a la playa; se encontraba cansado y melancólico y él no sabía la causa de su estado de ánimo. Sólo sabía que estaba sí y sin decir nada, se tumbó y observó lentamente el cielo azul. Respiraba paz y tranquilidad. Poco a poco fue durmiendo hasta que el susurro de la arena le despertó. Allí, a tan solo 10 metros de él, vio a una muchacha joven, delgada, pelo corto laceo; sus ojos eran preciosos, tan sólo equiparables al diamante más valioso de la tierra. Dirigían su mirada al horizonte; como buscando una salida, una esperanza. Fernando no podía dejar de mirarla; le seguía mientras caminaba hasta que desapareció a lo lejos, andando cual espíritu a la orilla de la mar.

¿Quién era ella? ¿Dónde vivía? Sentía algo en su interior que desconocía totalmente; pero la única certeza que tenía es que aquella chica ya no le era indiferente. Necesitaba estar a su lado; necesitaba rozar esos labios; había que encontrarla.

Durante semanas fue buscando en cada rincón de la ciudad; se pateó la villa de arriba abajo. Y nada. En su recuerdo sólo permanecía esa mirada intensa; no sabía cómo se llamaba, de dónde era, dónde vivía. Con sus ojos, al verla bastaría para reconocer a esa chica que le había cautivado.
Fernando volvió al mar, se sentó en la orilla; las olas susurraban al romper con la arena; el cielo despejado daba muerte a un sol que enrojecía poco a poco… Y de repente, apareció. Volvió; y esta vez Fernando sabía que no podía dejarla marchar sin al menos, saber su nombre. Ella paseaba despacio, suspirando, sin prisa, sin pausa. De repente, como por fuerza del destino, Fernando se acercó y le dijo: “¿Quién eres?”. Ella se quedó mirando, callada. Sus ojos se miraron; no podían apartar la vista. Ninguno sabía lo que realmente estaba sucediendo. Y ella, dando el único paso, le besó. Rozó sus labios con una dulzura comparable a la de un ángel; y las olas musitaron su nombre: “Eva”.

Pasó el tiempo, y Fernando y Eva eran felices. Siempre iban juntos. Se amaban con locura. Pero la locura no hizo mella en ellos. El amor que sentía el uno por el otro, era tan intenso que nada ni nadie podría separarlos. Juntos hasta la muerte. Nunca ocultaron su condición; nunca dijeron no a su amor. Simplemente vivieron su felicidad.

Hasta que un día una visita inesperada truncó sus vidas para siempre. Eva había caído gravemente enferma. Una neumonía se apoderó de ella y la debilitaba a cada instante. Fernando, que siempre estaba a su lado, veía desaparecer su alegría día a día. Una noche, Eva le dijo. “Fernando; me has hecho la mujer más feliz del mundo. Contigo he pasado los mejores momentos de mi vida. Te quiero, te amo”. Su voz estaba lejana, y Fernando se dio cuenta de lo que ocurría. Le dijo que la quería, que la amaba con locura; que era incapaz de vivir sin ella. Le cogió la mano, y le besó en los labios. Fue un beso tan dulce como el del primer día; entonces Eva se fue para siempre, exhaló su último aliento escuchando las palabras de su amado Fernando; te quiero. Sus ojos ya no vivían pero aparecieron unas lágrimas a modo de despedida.

Él perdió lo que más quería en ese momento. Perdió a su musa; su ángel; su amada; su compañera. Tomó una decisión. Y tal como hizo aquél día en la playa, salió a su encuentro. Sonaron las notas de un piano; Chopin volvió a unirles. Entonces él gritó: ¡Eva! .Ella se volvió, y al verle enfrente corrió a sus brazos.

Fernando y Eva descansaron para siempre a las orillas de la playa donde se conocieron. Junto a ellos, cada atardecer aparecen dos rosas blancas y una leyenda; amar es amar para siempre. Ahora los dos son felices y viven su dicha hasta la eternidad…

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